España se hace inmortal con la conquista de su primer Mundial femenino
España derribó la puerta de la eternidad para hacerse inmortal, para ponerse el laurel de oro y diamantes, para significarse al fin como la mejor del mundo, cosa que llevaba años haciendo en las categorías inferiores. Es, sin embargo, el relato de una selección que en pocos años ha hecho mucho, siempre a rebufo de las grandes potencias como Estados Unidos, Alemania o los equipos nórdicos; ahora referencial y ejemplo del planeta fútbol porque, igualado el físico, no hay quien le tosa ni le quite el balón o la identidad. Lo intentó, en cualquier caso, una Inglaterra eléctrica y de recursos, en ocasiones un conjunto en combustión; aunque insuficiente en cualquier caso para discutir que España es la gloriosa campeona de la Copa del Mundo en su tercera intentona, nuevo y definitivo capítulo en la historia del fútbol jugado por mujeres.
España se miró al espejo y se encontró de una vez por todas con un rival que le discutió el esférico, que incluso también le explicó que podía circular el balón con tanta o más diligencia, por más que su hoja de ruta para llegar a la portería contraria fuera bien diferente. Para Inglaterra el fútbol es un pelo más primario aunque no menos eficaz, pues se contenta con los pases de seguridad en defensa para lanzar en largo a los costados —por algo es la nación del seven-eleven, en referencia a los extremos que se hinchan a sacar centros—, donde trataba de generar superioridades con las proyecciones ofensivas de las carrileras (Bronze y Daly) y las diagonales de las delanteras. Ninguna como Hemp, una diablesa con botas, carcoma insaciable que juega tan bien con el cuerpo como con los pies, capaz incluso de hacer tiritar a Paredes. Al menos al inicio porque la central, imperial, se recompuso al tiempo que lo hizo España, que cuando le cogió el ritmo al duelo y el gusto al toque, evidenció que no hay nadie que se lleve mejor con la pelota. Pero antes de eso, Inglaterra tuvo sus momentos, sus aspiraciones.

